Introducción 
Contexto histórico
Santo Tomás de Aquino afirma que el alma no es algo separado, como lo diría Platón, ni tampoco algo compartido por todos, como lo dijo Avicena, y retoma la idea de Aristóteles para complementarla con Boecio, al tratar acerca de la unión del cuerpo y alma:
El principio de la operación intelectual, llamado alma humana, es incorpóreo y subsistente […] Para conocer una clase de cosas es necesario que en la propia naturaleza no esté contenida ninguna de esas cosas que se va a conocer, pues todo aquello que estuviese contenido naturalmente impediría el conocimiento […] Así, pues, si el principio intelectual contuviera la naturaleza de algo corpóreo, no podría conocer todos los cuerpos. Todo cuerpo tiene una naturaleza determinada. Así, pues, es imposible que el principio intelectual sea cuerpo.
Así, afirma que el alma es subsistente –permanece– y es la forma substancial del ser humano – no puede ser de otro modo–; es decir, el alma no sólo es el acto de ser que informa al cuerpo, sino es lo que permanece en la unión y lo que conforma al hombre.